Fuera del mapa

Autor: Fuera del mapa

  • Un hábito deshonesto

    Un hábito deshonesto

    Son vacaciones. Eso significa que la luz del sol lo llena todo durante más de 15 horas al día. Tenemos mañanas frías y brillantes, en las que dan ganas de morder el aire. Mediodías intensos, que de tan luminosos difuminan el contorno de las cosas e invitan a soñar. Y atardeceres eternos que despliegan sin prisa toda una gama de colores sobre el horizonte de las rías, donde se mezclan la tierra y el mar.

    Es un tiempo propicio para leer. Encuentro personas leyendo en la playa, sentadas en sus sillas o tumbadas en sus toallas. Se ocultan a medias debajo de sus sombrillas o sus sombreros. Sus cuerpos se encuentran físicamente ahí, con los pies hundidos en la arena, el sol lamiendo los trocitos accesibles de su piel y el aire del mar salando sus labios. Pero en realidad no están ahí. Están viviendo otras vidas, usurpando la identidad de los personajes de sus novelas, en lugares exóticos de cualquier otro espacio y otro tiempo.

    Y siento envidia de estas personas, del placer íntimo que les embarga, del viaje que están haciendo. Siento más envidia de ellos que de cualquier veraneante que haya pagado una fortuna por alquilar un chalé a pie de playa para hacer barbacoas y tomar gin tonic con sus amigos. O del que haya decidido gastar dos meses de su sueldo en hacer un safari por África o en pasar 15 días en un resort del Caribe.

    De vez en cuando se produce el milagro. Veo que la mirada del lector se intensifica, sus pupilas se dilatan, su pulso se acelera. Sus músculos se tensan ligeramente. Su postura se hace más rígida. Todo indica que se encuentra en un pasaje especialmente intenso, a menudo cerca del clímax final de su novela. Devora las páginas con fruición, su aislamiento se acentúa, ni siente el sol, ni oye las ruidosas actividades que le rodean.

    Luego, lentamente, exhala. Su cuerpo se relaja, mantiene la mirada unos segundos en la última página de su libro, pero ya no es una mirada voraz, sino que está velada de nostalgia. Cierra el libro despacio, como si tuviese algo delicado y precioso entre sus manos. Y poco a poco va retomando contacto con el mundo que le rodea. Es como despertar de un sueño profundo, o como volver a uno mismo después de hacer el amor. En ese preciso instante, con los personajes e historias aun flotando a su alrededor, pero retomando consciencia de su propia vida, las personas se plantean cuestiones profundas.

    Es el momento mágico, cuando, tras ver el mundo a través de otros ojos tan diferentes a los tuyos, está dispuesto a moldear tu propia mirada. Te planteas qué habría sido si… qué sería si… Reflexionas sobre tus propias ideas preconcebidas, tus valores, tus certezas, tu identidad. Relativizas. Te sientes despierto. Porque tu yo ya no es sólo fruto de tu propia historia, ahí dentro se encuentra también el recuerdo de otras personas bajo cuya piel has recorrido un trecho del camino.

    ¡Qué sorprendente superpoder humano, empatizar hasta el punto de diluirse en otro! Y aunque lo podamos sentir delante de una pantalla, o escuchando un relato en la radio, nada es comparable al efecto que se produce a través de la lectura.

    Con el tiempo he desarrollado un hábito deshonesto. Acecho a mis amigos o familiares cuando están leyendo en vacaciones. Los observo con atención. Intento adivinar por su expresión si se encuentran en ese estado de gracia, viviendo con intensidad una vida prestada. Calculo las páginas que le quedan, y cuando veo que se acerca al final, casualmente, me voy acercando. Me cuido mucho de distraerle o interrumpir la magia, no se trata de inmiscuirme, se trata de colocarme estratégicamente para poder participar del milagro.

    Si es necesario coloco una silla o una toalla a su lado, desenfadado, desentendido. En ningún momento le dirijo la mirada ni la palabra. Coloco mis cosas, distraídamente, y me ocupo en mis propios asuntos. Tras completar la fase de acercamiento, sólo tengo que esperar. Hasta con los ojos cerrados soy capaz de identificar si mi lectora compañía se encuentra en un momento trepidante o si ya ha alcanzado las tranquilas aguas del epílogo.

    Me cuido mucho de precipitarme. Hay que respetar el tiempo necesario hasta que cierra el libro, lo sopesa. A veces vuelve sobre la biografía del autor, o sobre algunas líneas finales que le hayan impactado especialmente. Paciencia. Entonces suspira, sus hombros se ablandan y se recuesta. Esta es casi la fase final. Pero aún hay que darle tiempo. Bajo ningún concepto debo mostrar la más mínima señal de mi presencia.

    Cuando mi compañía ha terminado su viaje de vuelta a la realidad, inevitablemente, va a girarse hacia mí y a ofrecerme su mirada. Y es ahí donde, como un ladrón, me asomo al balcón de su alma. En sus ojos, a menudo empañados, aún titilan emociones, pensamientos, personajes, dudas. Y con las defensas bajas, turbada, sin máscara, la persona se muestra en toda su vulnerabilidad y grandeza.

    Puede que el momento culmine con una conversación larga y sincera, con los sentimientos aún a flor de piel. O puede que el intercambio se limite a una corriente telepática que sin duda se puede dar a través de la mirada. Pero, en cualquier caso, mi compañía siempre se alegra de tener alguien con quien compartir el encantamiento. Pues es algo tan profundo, tan hermoso, tan único, que nos parece un crimen guardarlo sólo para nosotros y permitir que se diluya en nuestro aliento.

    Y así, aunque un poco clandestino, sin autorización expresa, ofrezco ser custodio de una magia que de otra manera se perdería por etérea y efímera, y las dos partes salimos ganando.

  • Amor a primera voz

    Amor a primera voz

    Hoy he hecho un ejercicio mental, le he llamado introspección escéptica. Consiste en encontrar momentos que realmente han sido valiosos de mi vida sin dejarme influir por nada externo.

    ¿Cómo valiosos? Pues que han quedado grabados en mi memoria y han impactado positivamente mi vida. Puede que al rememorarlos me traigan nostalgia, alegría, incluso desazón por el tiempo ya perdido. Pero están ahí, no hace falta buscar mucho para encontrárselos.

    Era muy joven, despreocupado, inconsciente. Me dejaba llevar por la corriente de la vida con cierta ilusión y optimismo. Trabajaba en Lisboa, mi primer trabajo. Una compañera nueva, a la que no conocía de nada me llamó por teléfono para preguntarme cualquier cosa. Apenas habíamos intercambiado cuatro palabras una chispa saltó entre nosotros, conexión inmediata. Amor a primera voz. Porque vernos, no nos habíamos visto. A los pocos días nos conocimos en persona, nos miramos con curiosidad, temerosos de que lo que habíamos percibido en una simple conversación hubiese sido un espejismo. No lo fue. ¿Nos gustamos? Probablemente, pero ahora que lo pienso creo que nos habríamos gustado de cualquier modo. Ya nos gustábamos, tan solo nos encontramos. Ahora viene el recuerdo valioso. Quedamos para cenar y charlamos y reímos, todo fluyó con maravillosa naturalidad. Yo era, y sigo siendo, lento y cauteloso para estas cosas, y no tenía ni la menor idea de a dónde me podía conducir la situación. Pero ahí estaba, encantado con su compañía, dejándome llevar. Entonces, en un gesto espontáneo y delicado, posó sus manos sobre las mías, que descansaban encima de la mesa, mientras continuábamos hablando. Las recibí como si fuesen un beso. La corriente eléctrica que nació en esa conversación telefónica se hizo presente en nuestras manos y daba la impresión de que iluminaba toda la estancia. Atesoro ese momento con todo mi corazón. No puedo expresarlo de otra forma.

    La cosa va de manos. Este recuerdo me ha llevado a otro. Ya tengo unos cuarenta años y dos hijos. En los meses de verano viene a nuestra casa una niña rusa en acogida. Tiene unos doce años, y es divertida, valiente y llena de vida. Pero no es fácil para ella vivir con una familia que no es la suya, a miles de kilómetros de su verdadero hogar. Aunque ya nos conoce y confía en nosotros, nunca sabemos si nos llega a querer como nosotros a ella, si llega a disfrutar de que compartamos nuestra vida unos meses al año o si lo único que realmente querría es estar lejos de nosotros y volver a su casa. Estamos de excursión en una isla de la Rías Gallegas, entre grandes piedras, calas preciosas, y el Atlántico frío y magnífico. Encontramos una roca que se sitúa justo sobre el mar, a un par de metros de altura, y que nos invita a saltar y a zambullirnos entre gritos en el agua azul intenso. Ella titubea, se ríe, se acerca al borde pero no acaba de decidirse a saltar. ¡Vamos!, ¡no tengas miedo!. Pero no arranca. Entonces me mira sonriente, me coge la mano y tirando de ella me lleva hasta el borde corriendo. Saltamos juntos al vacío gritando y riendo. Así de simple. Así de impagable.

    ¿Qué tienen en común estos recuerdos? Que ambos me embargaron de emoción, me hicieron sentir calor en el pecho, en el alma. Dicen que los recuerdos más fuertes se graban con el fuego de las emociones. No me cabe duda.

    ¿Pero qué más tienen en común? Pues que en ellos no hay absolutamente nada material, nada que se pueda comprar. Una cena cualquiera en un restaurante cualquiera, o una excursión por una playa cualquiera, es el único complemento necesario para que suceda lo que realmente vale de estos recuerdos. Que no tienen nada que ver con el escenario. Tienen que ver con las personas. Dicho de otra forma, no cuestan dinero. Nada de dinero.

    He disfrutado tanto poniendo por escrito estos recuerdos y paladeándolos que espero más adelante recuperar más, tantos como me sea posible, pero no quiero alargar en exceso este texto. Estar aquí poniéndolos en palabras, acaba de ser en sí mismo uno de los mejores momentos que he tenido en las últimas semanas.

    Entonces, si los momentos más valiosos de mi vida han sido gratis, o casi, ¿por qué todos los mensajes que nos rodean —publicidad, redes sociales, cine y, en general, el imaginario colectivo— pretenden vendernos la idea de que son las cosas materiales las que nos dan la felicidad?

    Vale la pena dedicarle un tiempo a reflotar estos tesoros de la memoria. Nos permite reecontrarnos con nuestra historia personal y plantearnos cuestiones esenciales sobre nuestra forma de vivir.

    Debemos evitar que las distracciones diarias nos ocupen durante semanas, meses o años en cosas que, en su gran mayoría, nunca pasarán a ser recuerdos valiosos.