Fuera del mapa

Amor a primera voz

manos que se acarician

Hoy he hecho un ejercicio mental, le he llamado introspección escéptica. Consiste en encontrar momentos que realmente han sido valiosos de mi vida sin dejarme influir por nada externo.

¿Cómo valiosos? Pues que han quedado grabados en mi memoria y han impactado positivamente mi vida. Puede que al rememorarlos me traigan nostalgia, alegría, incluso desazón por el tiempo ya perdido. Pero están ahí, no hace falta buscar mucho para encontrárselos.

Era muy joven, despreocupado, inconsciente. Me dejaba llevar por la corriente de la vida con cierta ilusión y optimismo. Trabajaba en Lisboa, mi primer trabajo. Una compañera nueva, a la que no conocía de nada me llamó por teléfono para preguntarme cualquier cosa. Apenas habíamos intercambiado cuatro palabras una chispa saltó entre nosotros, conexión inmediata. Amor a primera voz. Porque vernos, no nos habíamos visto. A los pocos días nos conocimos en persona, nos miramos con curiosidad, temerosos de que lo que habíamos percibido en una simple conversación hubiese sido un espejismo. No lo fue. ¿Nos gustamos? Probablemente, pero ahora que lo pienso creo que nos habríamos gustado de cualquier modo. Ya nos gustábamos, tan solo nos encontramos. Ahora viene el recuerdo valioso. Quedamos para cenar y charlamos y reímos, todo fluyó con maravillosa naturalidad. Yo era, y sigo siendo, lento y cauteloso para estas cosas, y no tenía ni la menor idea de a dónde me podía conducir la situación. Pero ahí estaba, encantado con su compañía, dejándome llevar. Entonces, en un gesto espontáneo y delicado, posó sus manos sobre las mías, que descansaban encima de la mesa, mientras continuábamos hablando. Las recibí como si fuesen un beso. La corriente eléctrica que nació en esa conversación telefónica se hizo presente en nuestras manos y daba la impresión de que iluminaba toda la estancia. Atesoro ese momento con todo mi corazón. No puedo expresarlo de otra forma.

La cosa va de manos. Este recuerdo me ha llevado a otro. Ya tengo unos cuarenta años y dos hijos. En los meses de verano viene a nuestra casa una niña rusa en acogida. Tiene unos doce años, y es divertida, valiente y llena de vida. Pero no es fácil para ella vivir con una familia que no es la suya, a miles de kilómetros de su verdadero hogar. Aunque ya nos conoce y confía en nosotros, nunca sabemos si nos llega a querer como nosotros a ella, si llega a disfrutar de que compartamos nuestra vida unos meses al año o si lo único que realmente querría es estar lejos de nosotros y volver a su casa. Estamos de excursión en una isla de la Rías Gallegas, entre grandes piedras, calas preciosas, y el Atlántico frío y magnífico. Encontramos una roca que se sitúa justo sobre el mar, a un par de metros de altura, y que nos invita a saltar y a zambullirnos entre gritos en el agua azul intenso. Ella titubea, se ríe, se acerca al borde pero no acaba de decidirse a saltar. ¡Vamos!, ¡no tengas miedo!. Pero no arranca. Entonces me mira sonriente, me coge la mano y tirando de ella me lleva hasta el borde corriendo. Saltamos juntos al vacío gritando y riendo. Así de simple. Así de impagable.

¿Qué tienen en común estos recuerdos? Que ambos me embargaron de emoción, me hicieron sentir calor en el pecho, en el alma. Dicen que los recuerdos más fuertes se graban con el fuego de las emociones. No me cabe duda.

¿Pero qué más tienen en común? Pues que en ellos no hay absolutamente nada material, nada que se pueda comprar. Una cena cualquiera en un restaurante cualquiera, o una excursión por una playa cualquiera, es el único complemento necesario para que suceda lo que realmente vale de estos recuerdos. Que no tienen nada que ver con el escenario. Tienen que ver con las personas. Dicho de otra forma, no cuestan dinero. Nada de dinero.

He disfrutado tanto poniendo por escrito estos recuerdos y paladeándolos que espero más adelante recuperar más, tantos como me sea posible, pero no quiero alargar en exceso este texto. Estar aquí poniéndolos en palabras, acaba de ser en sí mismo uno de los mejores momentos que he tenido en las últimas semanas.

Entonces, si los momentos más valiosos de mi vida han sido gratis, o casi, ¿por qué todos los mensajes que nos rodean —publicidad, redes sociales, cine y, en general, el imaginario colectivo— pretenden vendernos la idea de que son las cosas materiales las que nos dan la felicidad?

Vale la pena dedicarle un tiempo a reflotar estos tesoros de la memoria. Nos permite reecontrarnos con nuestra historia personal y plantearnos cuestiones esenciales sobre nuestra forma de vivir.

Debemos evitar que las distracciones diarias nos ocupen durante semanas, meses o años en cosas que, en su gran mayoría, nunca pasarán a ser recuerdos valiosos.